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Índice de esta etapa:

Fecha Actividad Tramo Distancia (Km) Asc. Acc. (m) Desc. Acc. (m)
24-Ene-19 Bici De Queenstown a Mavora Lakes 57.8 516 208
25-Ene-19 Bici De Mavora Lakes a Te Anau 70.5 82 485
27-Ene-19 Bici De Te Anau al camping Kiosk 65.3 472 307
28-Ene-19 Bici Del camping Kiosk al refugio Homer 35.6 753 336
29-Ene-19 Bici Del refugio Homer al fiordo Milford y regreso 42.3 1048 1053
30-Ene-19 Bici Del refugio Homer a Te Anau 102.0 788 1395
1-Feb-19 Bici De Te Anau a Manapouri 28.4 133 134
2-Feb-19 Bici De Manapouri al fiordo Doubtful 20.6 554 695
3-Feb-19 Excursión Hanging valley track 6.5 424 438
6-Feb-19 Bici De Deep cove a Percy saddle road 22.4 960 534
7-Feb-19 Bici De Percy saddle Rd a Borland Rd 12.5 643 711
8-Feb-19 Bici De Borland Rd a Borland Lodge 43.6 901 1079
9-Feb-19 Bici De Borland Lodge a Tuatapere 56.1 150 311
10-Feb-19 Excursión De Hump Ridge Burn a Okaka Lodge 20.4 943 78
11-Feb-19 Excursión De Okaka Lodge a Port Craig Lodge 21.5 149 970
12-Feb-19 Excursión De Port Craig Lodge a Hump Ridge Burn 19.6 176 152
13-Feb-19 Bici De Tuatapere a Riverton 51.4 266 268
15-Feb-19 Bici De Riverton a Invercargill 41.0 78 91

24 de Enero al 15 de Febrero de 2019: Parque Nacional Fiordland

En noviembre de 2013 visitamos los alrededores de Queenstown durante un par de semanas. Entonces Queenstown ya era una ciudad que vivía casi exclusivamente del turismo. Aquí se han inventado muchas de las actividades adrenalínicas de moda como el puénting. En Queenstown te puedes lanzar al vacío de mil maneras: desde un puente atado con una cuerda elástica, desde un avión, en parapente, en ala delta. Lo último es catapultarte al espacio atado con una cuerda elástica y caer hacia el fondo de un cañón. Las empresas de aventura ya no saben qué hacer para atraer a los clientes. Algunas ofrecían saltos de puénting gratis si saltabas desnudo, pero tuvieron que retirar la oferta pues ¡tenía demasiada aceptación y el negocio se venía abajo!

Esta vez hemos encontrado Queenstown todavía más obsesionada con este tipo de turismo. Las calles están repletas de tour-operadores, restaurantes y hoteles. Los buses recogen y depositan turistas que van y regresan de sus actividades de riesgo. En el cielo, a cualquier hora del día se ven un montón de parapentes tándem. La tranquilidad del paseo alrededor del lago se ve importunada por ruidosas motoras a toda velocidad saltando sobre las olas con su carga de turistas. Definitivamente se ha masificado y probablemente lo seguirá haciendo.

Una de las consecuencias de esta masificación es que ya casi no quedan permisos para las mejores excursiones de la zona, lo que en Nueva Zelanda se conocen como los Great Walks. Otra es que los precios de los refugios y camping para extranjeros en algunas de esas rutas se han disparado locamente. Por ejemplo, la mundialmente famosa Milford track puede salir alrededor de 700 dólares neozelandeses por cabeza incluyendo alojamiento obligatorio en los 3 refugios del camino (no te permiten acampar) y los transportes al principio y al final del recorrido. Parece excesivo, sobre todo teniendo en cuenta que las probabilidades de pasar 4 días bajo la lluvia son muy altas. En Fiordland llueve 200 días al año… Nuestra única opción es repetir el Routeburn track. A diferencia del 2013, esta vez ha sido imposible organizar que nos recojan las bicis al principio de la ruta y que nos las traigan al final. Tenemos que hacer como el resto de los turistas, meternos en un bus y dejar aparcadas las bicis en el camping.

Después de una semana en Queenstown planificando el recorrido por el Sur, tareas administrativas y sobre todo esperando la fecha de comienzo del permiso del Routeburn, finalmente salimos hacia nuestra primera actividad en Fiordland. Claramente hemos pasado demasiado tiempo en el mismo camping. Lo sabes cuando los otros turistas se van y te regalan la comida que les sobra. Lo sabes cuando ya conoces cuál de las duchas tiene más presión y el chorro más uniforme. Lo sabes también cuando los camareros de la cafetería de al lado te reciben con un saludo de reconocimiento. Lo peor es cuando ves llegar y salir a otros ciclistas o cuando los que acaban aquí su recorrido te regalan recambios. Parte de la planificación incluye agrupar nuestros bártulos en tres categorías. La primera es la que nos llevamos al Routeburn, la excursión a pie. La segunda incluye el equipo y recambios que no necesitamos de manera habitual mientras vamos en bici, si no de vez en cuando: herramientas para montar y desmontar la bici, ropa no adecuada para la ruta de las semanas siguientes, etc. Todo esto lo metemos en una caja que enviamos por correo a un lugar al que llegaremos en unas semanas. En este caso, como tenemos pensado regresar a Queenstown después de visitar el Sur, esta caja ha estado dentro de nuestra tienda de campaña durante unos días y nos la guardarán en el camping hasta que regresemos. Es una caja grandota que hemos conseguido en el supermercado. Su contenido original era cajas de huevos y tiene la palabra HUEVOS en las cuatro caras. La tercera categoría de equipo incluye el material que necesitamos para la ruta en bici pero no para la ruta a pie, como las alforjas, cascos, etc. Todo esto está metido en una caja que parece la caja de una pata de jamón y que también ha estado dentro de la tienda durante unos días. De hecho, ha sido bastante útil. Nos ha servido de escritorio por unos días y estamos pensando en buscar una manera de llevárnosla en la bici 😉... Pero hoy lunes, por fin, estamos en marcha.

Un arcoíris nos recibe al acercarnos en bus al punto de partida de nuestra excursión, el Routeburn track. Nunca habíamos visto uno como este, completo de punta a punta y con todos los colores claramente visibles. Muy bonito pero claro, cuando te diriges hacia un arcoíris, sabes que te vas a mojar. Nuestro primer día es fácil, corto y con poca subida. A medida que vamos avanzando, nos vamos acordado de ciertos puntos del recorrido.

Al llegar a la pradera donde acampamos el día todavía está soleado. Nos acordamos que un poco más adelante en el recorrido hay un mirador estupendo del valle donde estamos acampados, así que decidimos subir por si acaso mañana el día está peor. Ha valido la pena subir para ver la confluencia de los tres valles en el Routeburn flats. Nuestro segundo día es el más largo pero también el más bonito. El camino empieza subiendo por el bosque lluvioso, frondoso y húmedo. Cuando superamos la línea de árboles el panorama cambia radicalmente. A esta altura sólo sobreviven hierbas bajas y algunos matorrales. Consecuentemente, las vistas son mucho más amplias.

Seguimos subiendo hacia el punto más alto del recorrido, el collado Harris. Desde las alturas, el panorama es espectacular: lagos glaciales, picos nevados y torrentes que se precipitan ladera abajo casi verticalmente. En este trecho desprovisto de bosque, el viento sopla fuerte y nos va trayendo unas nubes grises del Oeste, cargadas de agua. Pasado el collado flanqueamos las montañas Ailsa, desde donde se ve muy abajo y entre nubes el valle del Hollyford por donde discurre el Great Walk de ése mismo nombre.

Al final del flanqueo enfilamos la bajada hasta el lago McKinzie, donde está nuestro refugio para esta noche. Las nubes ya están encima de nosotros y ha empezado a llover. Después de unos zigzags volvemos a entrar en el bosque lluvioso, pero éste es diferente. Hay musgo por todas partes, en las rocas, en los troncos y ramas de los árboles, en el suelo. Es un bosque encantado. A pesar de que el cielo está totalmente encapotado, los musgos y los helechos tienen colores sorprendentemente brillantes, como si estuvieran iluminados por focos invisibles.

Tal como estaba pronosticado, nos pasamos el tercer día de caminata bajo la lluvia. Ha estado toda la noche lloviendo y ya no parará hasta bien entrada la tarde. Gracias a esto, la cascada Earland, el punto álgido de hoy tiene tanto caudal que crea su propio viento lanzando el agua lejos de la pared por la que se precipitan. También gracias a tanta lluvia, el suelo ya no puede absorber más agua. Los torrentes que lo cruzan están desbordados y en varios de los cruces no queda más remedio que mojarse los pies hasta el tobillo. Cuando llegamos al punto final del recorrido, estamos empapados pero satisfechos de la caminata.

De regreso en bus a Queenstown nos enteramos que la tormenta ha hecho estragos en varias zonas y por la carretera se ven varios árboles caídos y algunos de los picos más altos nevados. ¡En pleno verano!

Para nuestra siguiente aventura retomamos las bicis para dirigirnos desde Queenstown al famosísimo fiordo Milford. Empezamos cruzando el lago Wakatipu en barco de vapor, una reliquia convertida en atracción turística. La ruta al otro lado de lago es parte de uno de los Great Rides. Al principio va costeando el lago con vistas magníficas de los glaciares que alimentan el lago. Luego vira hacia el interior siguiendo el río que remontaremos durante el resto del día hasta los lagos Mavora donde pasamos la noche.

 

Nos lleva cinco días de pedaleo llegar hasta el fiordo. Durante el cuarto remontamos el estrecho valle del río Hollyford, el que ya habíamos visto desde la ruta Routeburn desde las alturas. En algunos tramos del recorrido, las paredes de las montañas que lo forman son tan empinadas que están desnudas de vegetación, algo inverosímil en Fiordland. En las que sí tienen vegetación, se ven claros debido a los aludes de árboles. En estas paredes de granito no hay tierra en la que los árboles se puedan enraizar. Su única opción es crecer sobre el musgo y entrelazar sus raíces con las de los vecinos, en una falsa sensación de seguridad. Cuando llueve, el musgo absorbe agua y se hace más pesado. Si además hace viento, el conjunto no resiste y todo se viene abajo, dejando atrás el granito pelado y el ciclo vuelve a empezar.

Los muros de piedra oscura están surcados por infinitas cascadas. Simplemente, el agua de lluvia no tiene otra alternativa que lanzarse al vacío para bajar hasta el Hollyford. Parece que los múltiples hilos de agua compiten por llegar antes al río. Algunos caen desde tal altura que el agua se pulveriza en gotas tan finas que se las lleva el viento. Son cascadas que literalmente se desvanecen en el aire. A medida que ganamos altura empezamos a ver glaciares. Cuando aparece el sol entre las nubles, el hielo refleja ese azul tan característico y tan bonito del hielo compactado. Las nubes bajas juguetean entre los picos formando remolinos, deshaciéndose en jirones y volviéndose a unir. Sólo por este tramo del recorrido, ya vale la pena el esfuerzo de llegar hasta aquí.

En el punto más alto de la carretera hay un túnel de 1.2 Km que atraviesa la última barrera hasta el Milford. Para los ciclistas es el peor punto del recorrido. El túnel no es suficientemente ancho para 2 autobuses actuales, así que han instalado un sistema de semáforos que dan paso alternativo. El túnel hace bajada de ida hacia el fiordo, pero subida de vuelta con una pendiente del 8% y después de haber remontado desde el fiordo unos 750 m con pendientes máximas de entre el 6 y 8%. Nuestro miedo es que al volver del fiordo, no nos dé tiempo a cruzar el túnel antes de que cambie el sentido de circulación. Pero ése es un problema para mañana porque afortunadamente hay espacio libre en el Refugio Homer, un refugio de escaladores a 1.5 km del túnel y casi a pie de carretera. Aquí pasaremos la noche y mañana ya veremos.

Hasta ahora hemos ido torearando la lluvia, organizando las actividades y las rutas para no mojarnos. El día de la visita al fiordo supuestamente debería ser soleado, pero el cielo está nublado. Por lo menos no llueve. El cruce del túnel es sencillo. Son las 7:30 am y el tráfico muy bajo. Hemos llamado a la puerta de la caseta de control de tráfico, pero no empiezan a trabajar hasta las 9. El descenso hasta el fiordo es rápido y casi sin pedalear. Es una pena que no haya un mirador desde el que se pueda ver una imagen desde las alturas. El paseo en kayak no es increíble pero está bien. Hemos escogido el recorrido en el que una motora nos lleva hasta la cascada Sterling y volvemos a puerto remando. Sólo empezar a remar nos encontramos con una foca cuidándose el pelaje dando vueltas sobre sí misma para esparcir el aceite que segregan unas glándulas especiales cerca de las patas traseras. El siguiente punto de interés es la catarata Sterling. Pasar cerca de una cascada de 150 metros de altura y con el caudal de ésta es imponente. Intentamos acercarnos lo más posible, pero el viento que genera el agua nos repele. Mientras remamos, levantamos la vista resiguiendo las paredes magníficas hasta las cumbres y nos sentimos muy pequeños. Algunos de estos picos sobrepasan los 1500 m.

La subida de regreso hasta el refugio es dura pero asequible gracias a que casi no llevamos equipaje. A medida que avanzamos el día va mejorando y las nubes se despejan sobre los picos hacia los que nos dirigimos. La muralla es infranqueable si no fuera por el túnel. El temido cruce del túnel de subida resulta mucho más sencillo de lo que esperábamos. La cuadrilla de control nos ha visto subir por los últimos zigzags y ¡hay un coche esperándonos con un portabicis! Amablemente nos cruzan al otro lado y problema resuelto.

En la otra punta hay varios keas, una especie de loro alpino. Se acercan a curiosear mientras nos abrigamos para la corta bajada hasta el refugio. Estos loros son muy inteligentes pero destructivos. Les encanta picotear cualquier objeto de goma o plástico. Hay uno que está encegado con la goma del parabrisas de una furgoneta. Otro no para de morder los cables de la cámara de marcha atrás de una autocaravana. Estamos seguros que les encantaría arrancar a pedazos los sillines de nuestras bicicletas.

A la mañana siguiente, las perspectivas de una buena cena en Te Anau, una ducha después de 4 días, un perfil favorable y el viento de cola nos estimulan para recorrer los 102 km que separan el refugio de Te Anau.

Nuestra siguiente aventura en Fiordland es la visita al Doubtful Sound, un poco más al Sur del Milford. Vamos a estar unos 7 días alejados de la civilización así que tenemos que comprar provisiones para toda la semana. Para llegar hasta el fiordo, pedaleamos los 28 km desde Te Anau a Manapouri por una de los Great Rides, el Lake2Lake. Una vez en Manapouri, cruzamos el lago Manapouri en ferry hasta el brazo Oeste del lago. En ese extremo del lago hay una central hidroeléctrica, construida para alimentar a una industria de aluminio en Bluff. La central convierte la energía potencial del agua del lago Manapouri en energía eléctrica mediante turbinas. El agua baja verticalmente por unos pozos excavados en la montaña hacia las turbinas enterradas en el fondo de los pozos. Luego por unos túneles horizontales sigue su curso hasta el fiordo. El ferry pasa por debajo de los cables de alta tensión justo antes de llegar el puerto. La línea eléctrica sube por la ladera hasta la cresta. Esta línea será la que seguiremos para salir de esta zona en un par de días. De momento empezamos a rodar por la pista que nos lleva a Deep Cove, a orillas del fiordo.  Primero subiendo hasta el collado Wilmot, donde hay un mirador espectacular desde donde se ve el fiordo Doubtful. La orientación del mirador es perfecta y a pesar de que el cielo está nublado, se divisan algunas de las islas más cercanas y un par de cataratas que caen al mar. Pero el fiordo es demasiado largo y sinuoso y no se llega a ver la salida al mar de Tasmania ni las islas más alejadas como la Isla Bauzá. La bajada hasta el nivel del mar es estupenda, no porque sea bajada, que también, sino porque de vez en cuando la vegetación deja un claro por donde se ve el fiordo. Por la tarde nos damos un paseo hasta la catarata Helena y hasta la salida de agua del túnel de la central hidroeléctrica.

El pronóstico indicaba un día nublado para nuestro primer día en Deep Cove, pero no hay ni una nube. Aprovechamos el magnífico día para subir hasta la catarata Huntleigh. El responsable del hostal donde nos hospedamos nos ha sugerido una extensión hasta la cresta a 1100 m de altura, desde donde supuestamente hay buena vista del fiordo. Ya sabíamos que la extensión iba a ser bosque a través, sin camino. Pero atravesar un bosque lluvioso de Fiordland es cosa de otra liga. Las pendientes son brutales, el bosque tupido con raíces entrelazadas por doquier, riachuelos por todas partes y por supuesto, todo superhúmedo y resbaladizo. Nos dirigimos hacia el claro que dejó un alud hace unos años tal como nos han indicado y llegamos al primer repechón en el que hay que trepar por rocas cubierta de musgo. Se puede subir, pero la bajada no va a ser divertida. Si el musgo se desprende de la roca, nos vamos abajo con él. Así que, muy a nuestro pesar, nos vamos a perder una vista genial desde la cresta.

Al llegar abajo conocemos al director del hostal, un tipo muy amable. De hecho acaba ofreciéndose para subirnos en su pick up al mirador del collado Wilmot. La actividad acaba siendo más de lo que esperábamos. El director se lleva su rifle por si nos cruzamos con un ciervo. Aquí en Nueva Zelanda, los ciervos fueron introducidos por los europeos y es considerado una plaga, así que está permitido cazarlos sin control. Judit va de copiloto con el rifle cargado entre las piernas, pero tal como dice el director del hostal, hoy los ciervos no quieren cooperar. En una de las paradas por el camino nos enseña cómo reconocer las huellas de ciervo y cómo saber si son frescas o no. En otro punto del recorrido vemos 2 patos azules, una especie de pato que vive en arroyos de aguas rápidas. De regreso al hostal nos encontramos con el equipo que está mapeando el fondo marino del fiordo, que ya llevan unas semanas aquí hospedados. Hoy han pescado un bacalao azul de buen tamaño y algunos otros peces. Además tiene ciervo que uno de los componentes del equipo cazó recientemente. Nos invitan a una cena de lujo y pasamos un buen rato con ellos. Entre otras cosas nos cuentan detalles técnicos de su trabajo, lo cual resulta muy interesante.

Aunque la previsión (y las provisiones) eran justas para pasar 2 noches en el fiordo, la estancia se alarga a 3 noches, y la comida nos empieza a salir por las orejas. Aparte del festín con los mapeadores de fondos marinos, los encargados del lugar nos han traído sopa casera, scones con mermelada y nata, café, galletas, plátanos fritos, además de invitarnos a su cabaña para una cena.

En lo que preveía ser nuestra última tarde en el Doubtful Sound nos vamos de pesca con el responsable del hostal en su barco. Nos adentramos en el Hall Arm para pescar el cebo. Nos parece increíble que el cebo lo pesquen, en lugar de traerlo de tierra. Mucho pescado debe haber aquí para ni molestarse en traer el cebo. Efectivamente, al responsable le pican en menos de 1 minuto. Estamos alucinando. Nosotros tardamos quizás 5 minutos pero unos pescados similares a peces de roca llamados Jock Stewart, empiezan a llenar una caja que ya tenemos preparada para ello. ¡Judit hasta saca uno con el anzuelo enganchado en la barriga! En otra ocasión saca dos a la vez, uno en cada uno de los anzuelos de su sedal.

La segunda sorpresa es cuando algo grande muerde el anzuelo del responsable. Empieza a recoger el sedal con esfuerzo y quedamos atónitos cuando vemos que se trata de un tiburón de más de un metro. El responsable  lo saca del agua, le pone el pie sobre las agallas, le saca el anzuelo de una boca llena de dientes afilados y lo devuelve al agua. Al cabo de un rato Cèsar es el que pesca un tiburón, más pequeño pero tiburón. La emoción va en aumento. El responsable  empieza a trocear los peces de roca para hacer cebo y nos vamos al canal principal en busca de meros. Estamos a unos 20 metros de la pared sur del fiordo y la profundidad aquí es de unos 60 metros. Dejamos caer los plomos y anzuelos con carnaza. Instantáneamente se notan los tirones rápidos que acabamos de experimentar con los peces de roca. Él nos aconseja esperar al tirón largo y más contundente del mero. Sin embargo, los meros hoy no cooperan. Sacamos algunos peces de roca más, que el filetea y que serán nuestra comida para mañana. Son las 8 de la tarde. Todavía hay luz pero el viento incrementa y la lluvia se intensifica, así que nos volvemos a Deep Cove satisfechos de nuestras capturas. A parte de la emoción propia de la pesca, el paseo por el canal principal y unos de los brazos laterales es precioso. Quizás las montañas que encajonan este fiordo no son tan imponentes como las del Milford, pero el Doubtful tiene más recovecos, cascadas escondidas visibles sólo desde cierto ángulo, canales laterales e islas. Es un fiordo mucho más interesante para explorar. Además, no tiene el bullicio ridículo del Milford. Nada de aeropuerto, nada de helicópteros impertinentes haciendo tours, sólo nosotros tres pescando y navegando. En definitiva, una experiencia inolvidable, gracias sobre todo a la amabilidad de la gente que habita aquí. A nuestro regreso a tierra, nos espera la cena en su casa. Una variante de estofado que ha preparado su mujer y que engullimos con placer. Si todo esto no fuera suficiente, cuando nos vamos a nuestra habitación, pasamos por la cocina comunitaria del hostal a dejar los filetes de pescado en el refrigerador y nos encontramos una nota del responsable substituto avisándonos de que ¡nos ha dejado helado y pastel de manzana! Aquí, o hay gato encerrado o este lugar es una singularidad en el planeta. A medida que recordamos las aventuras de esta tarde, el tamaño de nuestras capturas empieza a aumentar y el tiburón que ha pescado Cèsar casi le arranca un brazo cuando le sacaba el anzuelo…  Mejor acabamos aquí el relato de hoy antes de que la exageración del pescador sea poco creíble.

A la mañana siguiente, mientras nos desperezamos, hacemos recuento de los días que necesitamos para llegar a Tuatapere, la siguiente población al Sur, una vez salgamos de Fiordland. Tenemos que llegar el sábado para empezar la excursión en el Hump Ridge track el domingo. Hoy es martes y necesitamos 3 días para llegar a Tuatapere. O sea que tenemos un día extra, que podemos gastar en Tuatapera o aprovechar aquí… La decisión no es muy difícil. ¡Nos quedamos!

El día empieza lento pero se acelerará progresivamente hasta la medianoche en una secuencia de experiencias emocionantes, salvajes y mágicas. Por ese orden. Cèsar se va a hablar con el responsable sobre nuestros nuevos planes. Lo encuentra en la caseta donde está la turbina que nos provee de electricidad. En el lago por encima de la catarata Huntleigh que visitamos ayer, hay una presa para asegurar el abastecimiento de agua al hostal y a la turbina. El responsable ha arrancado el generador diésel de reserva para dar un vistazo a unos ruidos extraños en la turbina. Además, según los indicadores del panel de control, está generando menos energía de la que debería. Cèsar le ayuda en la tarea. Al final acaba siendo un montón de hojas, tierra y ramitas que se habían acumulado en la válvula de entrada. Una vez desembozada, vuelven a montarlo todo, abren la válvula y todo solucionado. También le echamos una mano en la recogida de basura y le acompañamos hasta el puerto de West Arm para dejarla en un contenedor ahí. Durante el trayecto hacemos planes para el resto del día: a media tarde nos vamos de pesca sin él y al atardecer de caza.

Esta vez la pesca es sin ayuda. Bueno, para preparar la barca y arrancar el motor sí nos echa una mano el responsable. Como hace un poco de viento y hay borreguitos en el canal principal del fiordo, nos recomienda una zona resguardada y que amarremos la barca a una boya. Llegados a la boya lanzamos los anzuelos pero pasan 2 minutos y todavía no han picado. Estamos haciendo algo mal, muy mal. Esto ayer no pasaba. Empezamos a buscar motivos para este desastre. Seguro que es el cebo que estamos usando: ¡pechuga de pollo congelada! ¡Así no hay quién pesque! ¿Pero a quién se le ocurre darnos pollo congelado como cebo? ¿Quién ha visto a un pez comer pollo? Un momento. ¿Qué son esos tirones en el sedal? Cèsar empieza a recoger la línea y saca un pescado de buen tamaño llamado Tarakihi, algo parecido a una dorada, pero con las aletas pectorales y la dorsal mucho más espinosas. Nuestra cena acaba de llegar. Al cabo de unos minutos le toca el turno a Judit. Tirón y luego silencio. Empieza a recoger dudosa. La línea pesa pero no hay más tirones. Sigue recogiendo y resulta ser un tiburón. ¡Hay madre! ¿Y ahora qué hacemos? El tiburón se retuerce en la superficie del agua y se enreda con el sedal. ¡Que desastre! Al final lo saca del agua y Cèsar lo agarra por el pescuezo vigilando esos dientes pequeños pero seguro que afilados. El maldito se ha enganchado bien el anzuelo entre las mandíbulas. Los ojos del tiburón son relucientes de color verde claro. Por lo menos los de éste. Igual es por la presión de la mano de Cèsar estrujándolo para que no se mueva, que lo está dejando inconsciente. Vale, ya lo tenemos inmovilizado. Ahora hay que desenredarlo, quitarle el anzuelo lo más rápido posible y con el mínimo de dolor. Bueno, eso es la teoría. La implementación práctica difiere una poco. La primera fase es sencilla. Unas cuantas volteretas, un meneo por aquí, alguna sacudida por allá, pero ya tenemos las aletas pectorales liberadas y la cola suelta. En la segunda fase es donde la teoría se viene abajo. El desgraciado no se deja sacar el anzuelo. Cèsar no tiene mucha práctica como dentista y el pobre tiburón no abre suficientemente las mandíbulas. En el tira y afloja, se empieza a ver un hilillo de sangre, del tiburón, no de Cèsar. El anzuelo sigue hurgando en la dentadura. Después de unos cuantos esfuerzos más, finalmente el anzuelo se libera. La pobre bestia está rígida. ¡Tampoco es para tanto! Haciéndole unas caricias reconfortantes nos damos cuenta de la suavidad de su piel cuando pasas la mano de cabeza a cola. En cambio, cuando la pasas a contrapelo, o mejor dicho, a contraescama, es como papel de lija debido a las mini escamas que tienen los tiburones. Lo devolvemos al agua y sigue tieso. La escena de documental con final feliz, donde el tiburón empieza a mover la cola y se aleja lentamente, no ocurre. El pobre animal se hunde en las aguas oscuras del fiordo y ya no sabremos más de él. Ojalá se recupere. Afortunadamente para los tiburones, sus dientes crecen por filas; mientras usan la fila exterior, otra les crece detrás que se desplazará hacia el exterior cuando esté completamente formada. Esperamos que ése sea el caso de nuestra víctima. Después de la experiencia fuera del agua, le hará falta. A continuación Judit pesca uno de esos peces de roca que ayer usábamos para cebo, pero éste es un pezqueñín, así que lo devolvemos al agua, esta vez felizmente. El viento está arreciando, de manera que recogemos las líneas y nos volvemos a puerto con nuestro Tarakihi.

Si la pesca, y especialmente el episodio del tiburón no han sido suficientemente emocionantes para el día, nuestra siguiente actividad es cien veces más intensa. ¡Nos vamos a cazar ciervos! Por supuesto, nosotros de mirones. Durante el trayecto en coche, el cazador nos explica cómo hemos de comportarnos: básicamente ir detrás de él, nada de ruidos y nada de hablar. Con pocas expectativas y bastante incredulidad, dejamos el todoterreno atrás y nos adentramos a pie en el bosque. En una orilla arenosa del río Spey vemos las primeras pisadas frescas, muy frescas. El cazador nos mira seriamente y con el índice en los labios y una mirada directa nos deja muy clarito que esto va en serio. Las pisadas nos llevan de nuevo al bosque. El cazador ya sabe a dónde vamos, a su claro favorito. Nos agazapamos en el lindero del bosque, en un bancal elevado del río. En la otra orilla, a unos 150 metros hay un claro entre los árboles y el agua. Él se posiciona cómodamente en el suelo con el rifle apuntando hacia el claro. Al cabo de unos minutos empieza a mirar por la mirilla telescópica y nos hace un gesto de que ha visto ciervos. Nosotros no vemos nada. Nos esforzamos en afinar la vista y descifrar cualquier patrón sospechoso, escudriñar todas las sombras dudosas. ¡Bang! El estruendo del disparo nos pilla por sorpresa. Si nos quedaba algún resquicio de incredulidad, ha desaparecido tan rápido como la bala de la recámara. Nuestra vista sigue clavada en el claro de la orilla opuesta. Aún no hemos tenido tiempo de reaccionar cuando vemos una hembra y un cervatillo que se escapan dando saltos y desparecen de nuestro campo de vista. Giramos la cabeza hacia el cazador y el sigue observando a través de la mirilla telescópica pero sin recargar su rifle. Parece que está seguro de que su tiro ha alcanzado a su presa. Nosotros seguimos boquiabiertos. Nos miramos y no acabamos de entender lo que acaba de pasar. Al cabo de medio minuto se levanta, escupe la vaina de la bala letal, recarga el rifle y nos indica el camino para ir a recoger el trofeo. ¿Quéééé? ¿Has acertado? Nosotros hemos visto escapar un par de ciervos, pero no sabemos cuántos había. Seguimos al cazador en silencio desde su escondrijo hasta una zona por la que se accede al río. El agua nos llega a las rodillas y la corriente es lo suficientemente fuerte como para no querer resbalar. Una vez al otro lado nos indica otra vez que no hagamos ruido. Más huellas. Casi podemos notar cómo la adrenalina le corre por las venas. Hasta nosotros podemos reconocer que son de dos ciervos de tamaños diferentes y que siguen una trayectoria errática, de huida despavorida. Nosotros continuamos aturdidos. Seguimos las trazas unos metros, pero está claro que estas son de los dos que se han escapado. Retrocedemos hacia el claro en busca del cuerpo o de sangre. A continuación, el cazador entra en el bosque por un lugar que a nosotros nos parece aleatorio. En un par de minutos encuentra a su presa. Nos quedamos petrificados. Todo ha pasado de manera tan inesperada pero tan real. Recapacitando, hemos hecho lo que parece lógico pero todavía sigue siendo inconcebible que tengamos una cierva muerta a nuestros pies. Hace una hora estábamos limpiando pescado en la orilla del fiordo… Las escenas que presenciaremos a continuación son aún más asombrosas si cabe. El cazador desenfunda su cuchillo y con unos cortes rápidos degüella a la cierva. Mientras espera que se desangre, afila su cuchillo, preparándose para la faena. Con cortes precisos y de manera muy natural pasa a abrirle la barriga con un corte limpio y saca todos los órganos internos. En menos de 10 minutos la cierva está convertida en una mochila y lista para ser cargada y transportada al todo terreno. Mientras cruzamos el río de vuelta empezamos a digerir lo que acabamos de experimentar. El cazador va cargando con la cierva, Judit con la mochila y la chaqueta del cazador y Cèsar con el rifle. Los tres cruzamos el río mientras la luz del día se apaga. Llegados a la otra orilla. Reaccionamos y empezamos a acosarlo a preguntas, de las que recibimos respuestas muy sinceras y sobre todo muy lógicas. No ha habido espectáculo ni engreimiento, todo a sido un proceso muy limpio y natural. Aunque nosotros seguimos atónitos, debatiendo internamente lo que acabamos de presenciar (quizás producto de nuestra exclusión del mundo natural, de nuestra inmersión en una sociedad que se alimenta de víveres que mágicamente aparecen en las estanterías del supermercado). A lo mejor lo que acabamos de experimentar no debería sernos tan ajeno. De acuerdo, hay un ciervo menos en Nueva Zelanda, pero en teoría no debería haber ni uno. No son parte de este ecosistema. O por lo menos no lo eran antes de la llegada de los europeos. Hay un debate abierto entre si de verdad hay que considerar a los ciervos como una plaga o no. Cargamos la cierva en el coche y regresamos al hostal. Para él ha sido una noche exitosa pero dentro de su normalidad. Para nosotros una que no podremos olvidar. En el hostal nos preparamos la cena mientras reflexionamos en voz alta. Nos estamos cocinando el Tarakihi fileteado y los Jock Stewart que no llegaron a ser cebo ayer. ¿Qué es más salvaje, pegarle un tiro a un ciervo y que muera al instante o en pocos minutos o dejar que los pescados agonicen dando coletazos en la cubierta de un bote hasta que se asfixian? ¿Por qué lo primero nos parece una salvajada y lo segundo más excusable? ¿Será porque el ciervo es un mamífero? ¿Por qué es más grande? ¿Por qué sangra como nosotros? ¿Por qué en nuestra sociedad moderna el ciervo es un animal simpático, grácil y al que se debe cuidar, mientras que un vulgar pez puede ser ignorado mientras se asfixia?

Nuestra última actividad de este día trepidante nos sirve para recuperar el equilibrio mental y relajarnos. A menos de medio kilómetro del hostal, en una curva de la carretera, hay un acantilado cubierto de musgo y helechos. Esa pared, de noche se transforma y pasa a formar parte del firmamento. Es casi medianoche y el cielo está despejado. Cuando nos acercamos a la pared de musgo apagamos los frontales y dejamos que nuestros ojos se adapten a la oscuridad. Mientras, miramos las infinitas estrellas. Buscamos sin éxito la Cruz del Sur, constelación con la que se guiaban los marinos en el hemisferio Sur. Al cabo de unos minutos, las estrellas del muro de musgo empiezan a titilar. Son todas estrellas azules, mucho más intensas que las del cielo. Con el movimiento de nuestros ojos chispean, aparecen y se esconden detrás de los helechos. ¡Hay cientos de gusanos luminiscentes en esta pared! Y en la cuneta opuesta también. Estamos envueltos de lucecitas brillantes. No podemos parar de regocijarnos mirando al cielo y a la pared de musgo. La transición es clara, pero la magia del lugar la hace borrosa. Por algún motivo desconocido, en un momento determinado, ambos recorremos con la vista la pared estrellada hacia el firmamento y recibimos la señal de que el día está completo: una estrella fugaz. El trazo amarillento surca el cielo entre las constelaciones hacia la pared de gusanos luminosos, obligándonos a bajar las cabezas de nuevo. Ya es más de medianoche y de regreso al hostal sólo nos preguntamos por qué este sitio es tan especial, por qué tiene de todo, cascadas, fiordos retorcidos, un mar y un bosque llenos de vida y unos habitantes tan hospitalarios viviendo en armonía con el entorno. No tenemos respuestas, ni siquiera las necesitamos. Simplemente hemos experimentado una experiencia inolvidable gracias a todos ellos y la belleza del lugar.

Después de disfrutar durante unos días del Doubtful sound, ahora hay que salir de él. Obviamente, estamos a nivel del mar y como mínimo hay que remontar el collado Wilmot (662 m) y luego bajar hasta orillas del lago Manapouri (180 m). La manera inteligente de proseguir hubiera sido coger el ferry de vuelta desde el West Arm a Manapouri  y desde allí seguir por carretera hasta Tuatapere, nuestro próximo destino. Pero la manera macho de salir del fiordo es por el collado Percy (1077 m). La pista de tierra que sube hasta el collado fue construida para instalar las torres de alta tensión que transmiten la energía eléctrica generada por la hidroeléctrica del West Arm, tal como hemos mencionado antes. La pendiente media del 10% ya es suficiente para romperte las piernas, pero que te patine la rueda de atrás en pleno esfuerzo te destroza la moral. De casualidad Cèsar descubre un método muy estimulante para seguir subiendo cuando las piernas ya no dan más de sí. Es conocido por todos los ciclistas que levantando el trasero del sillín ayuda en las subidas, pues todo el peso del cuerpo se aplica sobre los pedales. Pero pedaleando así, las piernas se queman rápidamente. Si la subida es larga, al final los cuádriceps flojean y la zona más sensible del trasero se acerca peligrosamente a la punta del sillín. ¡Uishhhhhh! De golpe y porrazo, los músculos reciben un aporte energético de no se sabe dónde para seguir empujando los pedales y controlar esa distancia mínima de seguridad entre el trasero y el sillín. Aunque el método funciona, la escena es bastante cómica.

El problema principal de la ruta es que al otro lado del collado, la falda de la montaña tiene una pendiente tal que no se puede construir una carretera. Para la línea eléctrica no es un gran problema. Simplemente la primera torre al otro lado está mucho más abajo del collado, en una zona en la que ya se puede construir una pista. Desde el collado se ve una catenaria laaaarga y una torre pequeeeeña allá abajo. Entre la torre del collado y la primera al otro lado sólo hay 1 km. ¡Pero vaya quilómetro! Hacerlo a pie ya es una matada pero hacerlo en bici es una tontería supina, sobre todo cuando ya lo has hecho una vez. Ni siquiera tienes la excusa de que no lo sabías. En la primera parte de la bajada hay que cruzar un canchal de piedras ligeramente sujetas por musgos y hierbecillas. Si resbalas te vas abajo, muy abajo. El sendero a seguir está muy poco marcado. Por una parte por los aludes y los corrimientos de tierra y por otra parte porque no hay suficientes idiotas que lo pisen para evitar que la vegetación lo reconquiste. La bici va en el lado del valle y el idiota en el lado de la montaña, de manera que si la bici resbala, no arrastra al idiota pendiente abajo. La verdad es que hay que tener cierta habilidad para pasar esta zona. Si clavas el freno de atrás, la rueda trasera resbala hacia abajo. Pero si clavas el de adelante, entonces sí tienes un problema grave, porque el manillar sigue a la rueda y si tus manos no siguen al manillar, ya te puedes despedir de tu bici. De vez en cuando el pedal que está a nuestro lado decide variar su posición sin avisar y al siguiente paso le das un patadón con la espinilla. En otra situación dejarías caer la bici para masajearte el golpe y proferir unos cuantos gritos, pero aquí aprietas los dientes, recolocas el pedal como puedes y sigues como si nada hubiera pasado. En algún momento nos da la impresión de que las bicis se burlan de nosotros con una risita estridente y chillona, como la del psicópata de las películas de miedo. Quizá sólo sean los frenos que chirrían ¿En qué momento se nos ocurriría repetir ese calvario? Como os podéis imaginar, todo eso no se puede hacer con las alforjas montadas en la bici. Primero se baja la bici un tramo, subes a buscar las alforjas y la mochila y vuelves a bajar superando otra vez todos los obstáculos. A continuación repites el proceso para el siguiente tramo. Cuando bajas las alforjas pones en práctica tus cualidades de trapecista. Con la mochila en la espalda y una alforja en cada mano, vas haciendo equilibrios por encima de las piedras que resbalan ladera abajo a cada paso. En esos momentos rezas todo lo que sabes para que la piedra que está resbalando se frene antes de que los instintos suelten la alforja para hincar las uñas en el suelo. La visión de la alforja dando tumbos pendiente abajo te aumenta la fe.

En la segunda parte del recorrido entras en el bosque. Ahí hay que atravesar arbustos, bajar por bloques de granito cubiertos de musgo, pasar por troncos caídos, por supuesto también recubiertos de musgo. Aquí empieza la siguiente actuación circense, la de los payasos. La escena consiste en un ciclista vestido con ropa de colores chillones con una bicicleta al hombro pasando por encima de un tronco resbaladizo. Con el sillín clavándose en el músculo trapecio y la mano agarrando el cuadro cerca de los pedales, empieza el espectáculo. Al primer resbalón, sueltas la mano del cuadro para agarrarte a alguna rama cercana. Cuando recuperas el control vuelves a agarrar la bici pero colocas la mano ligeramente más atrás y te pringas los dedos con la grasa de la cadena. Mientras, el sillín se sigue hundiendo y ya llega a la clavícula lo cual te fuerza a ladear la cabeza de manera ridícula. Llegas al otro extremo del tronco y sueltas la bici. Te das la vuelta y vuelves a cruzar el tronco en busca de las alforjas. Te acuerdas de que tienes los dedos llenos de grasa cuando ya es demasiado tarde. Acabas de pringar la ropa o la alforja o lo que sea. Esa grasa nunca se queda en los dedos, siempre se expande. La grasa de cadena es una de las materias del universo que tiene más facilidad para aumentar su entropía. La tercera pasada por el tronco es como esas atracciones en que los espectadores sufren por el trapecista. Con la mochila a la espalda y una alforja en cada mano, empieza el cruce. Para mantener el equilibrio te conviene extender los brazos. Los deltoides lo intentan, pero el peso de las alforjas no les deja. El público teme que Cèsar resbale y caiga con una pierna a cada lado del tronco. Así que, a paso de abuela con caminador, arrastrando los pies por el tronco húmedo, llegamos al extremo del tronco por segunda vez, para darnos cuenta de que un poco más adelante hay más troncos. ¿En qué momento se nos ocurriría repetir ese calvario?

Total que ese quilómetro nos lleva unas 4 horas. Si todavía tenéis interés por hacer esta travesía heroica, podéis leer la descripción detallada con waypoints de la primera vez que lo hicimos en el 2013. Una vez llegados a la primera torre del otro lado del collado, el camino está en tal mal estado que, aunque hace bajada, no se puede ir montado en la bici con todo el peso que llevamos. La pista es bastante pendiente y está repleta de piedras de ese tamaño que si vas montado, tarde o temprano, el freno delantero se clavará y el tortazo será espectacular. Así que paseamos la bici de bajada con algunos resbalones, pero sin llegar a caernos. Finalmente llegamos al valle donde ya podemos pedalear. Llevamos casi 8 horas entre la subida al collado y la bajada al valle. El plan era acampar en el camping del South Arm del lago pero ahí sabemos que hay infinitas sandflies, esa bestia engendrada por el demonio, híbrido de mosquito y mosca diminuta que te saca de quicio y cuya picadura pica durante más de una semana. Estamos tan cansados que decidimos acampar en el primer lugar decente. Parece que las sandflies han venido de veraneo aquí. Batimos el récord Guinness en montar la tienda y meternos dentro. El siguiente paso es liquidar las sandflies que se han colado con nosotros. Al acabar ese proceso, el suelo de la tienda es un cementerio de cadáveres. Por lo menos las malditas son fáciles de matar. Al día siguiente hay que cruzar el collado Borland (990 m), donde algunas de las pendientes no respetan la convención de La Haya. En fin, que nos lleva 4 días llegar a Tuatapere, después de 135 km y más de 2500 m de subida acumulada, sandfies y un montón de sufrimiento. Por favor, si estás pensando en hacerlo por primera vez, léete la descripción detallada otra vez. Si estás pensando en repetir la ruta, eres un caso perdido.

Al día siguiente de llegar a Tuatapere, empezamos una excursión por las estribaciones más meridionales de los Alpes Neozelandeses, el Hump ridge. Otra paliza. Si es que últimamente no acertamos demasiado. Vamos a tener que hacer unas vacaciones para descansar de las vacaciones. Son 62 km en 3 días con más de 1000 metros de desnivel el primer día. La excursión no está mal, pero los bosques de helechos frondosos ya no nos sorprenden como al principio. En algunos tramos del bosque hay bastantes pájaros: bell birds, palomas de Nueva Zelanda, southern robins, keas. En particular hay bastantes fantails, un pajarillo más pequeño que un gorrión, pero con una cola más larga con plumas blancas y negras que despliegan en forma de abanico para llamar la atención. Son muy curiosos y se acercan mucho revoloteando casi como mariposas. Además vemos un par de fantail negros, una variedad genética que no tiene plumas blancas en la cola. En uno de los refugios, una pareja de keas, los loros alpinos, nos despiertan por la mañana y se dejan fotografiar al alba de todas maneras y desde muy cerca. En el tercer día de caminata, uno de los tramos es por la playa y desde ahí vemos delfines Héctor, una especie protegida que sólo se encuentra en Nueva Zelanda.

Nos despedimos ya del Parque Nacional de Fiorland, un rincón de Nueva Zelanda que contiene muchísimas joyas naturales. En nuestro caso, tenemos que añadir un montón de vivencias inolvidables.